martes, enero 27, 2026
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El sindicato como botín: 21 años de poder, opacidad y ruptura bajo el liderazgo de Jervis García

   Cuando la representación laboral se transforma en negocio privado, el sindicato deja de ser herramienta y se convierte en problema. Durante 21 años, Jervis García ha sido sinónimo de dirigencia sindical. Para miles de trabajadores, también lo es de estancamiento, opacidad y abuso del poder.

   Su permanencia ininterrumpida al frente del sindicato no es un dato menor: es el eje de un modelo que, lejos de fortalecer a la base, ha concentrado decisiones, recursos y privilegios en una sola cúpula.

   La historia se repite con un patrón conocido en el sindicalismo más rancio del país: liderazgos eternos, cuentas cerradas y trabajadores excluidos de las decisiones que afectan su propio dinero y sus derechos.

Dos décadas sin alternancia: el origen de la descomposición

   Veintiún años sin relevo no hablan de estabilidad: hablan de control. En ese tiempo, la dirigencia encabezada por García ha acumulado señalamientos constantes por manejo discrecional de recursos, falta de informes financieros y presuntas prácticas de nepotismo, según denuncias hechas por los propios agremiados.

   Trabajadores consultados describen un sindicato donde las asambleas informan poco, deciden menos y nunca rinden cuentas. La democracia interna, aseguran, fue sustituida por una lógica vertical donde las decisiones se toman desde arriba y se imponen hacia abajo.

   Plazas, favores y “pistas de aterrizaje”
Uno de los señalamientos más graves proviene de la propia base sindical: la asignación de plazas y movimientos laborales a amigos, familiares y recomendados, en detrimento de trabajadores con mayor antigüedad o méritos.

   Se conocen verdaderas “pistas de aterrizaje” laborales en distintos centros de trabajo —principalmente el Hospital Psiquiátrico y Vectores— donde siempre caen los mismos nombres. Un sistema que premia a los familiares e íntimos del dirigente, no el derecho del trabajador.

La ruptura de 2014: cuando la base dijo basta

   El desgaste fue tal que en 2014 ocurrió un hecho inédito: un grupo de burócratas decidió romper con la dirigencia de Jervis García y fundar un nuevo sindicato. No fue una escisión menor ni una rabieta política; fue una fractura estructural.

   Tras años de obstáculos y resistencia institucional, el nuevo sindicato obtuvo finalmente su toma de nota. Hoy es encabezado por Luis Felipe Rodríguez Tamayo, “El Pichi”, y representa para muchos trabajadores una alternativa surgida del hartazgo frente a un liderazgo que dejó de representar y comenzó a servirse.

   Cuando los trabajadores se organizan fuera de su propio sindicato, el mensaje es contundente: la representación original colapsó.

El dinero: la pregunta que nadie responde

   En 2017, las dudas internas se volvieron públicas. A través de una petición ciudadana en Change.org, se exigió claridad sobre el destino de más de 1.7 millones de pesos en apoyos y subsidios presuntamente recibidos por el sindicato.
La exigencia fue simple: ¿en qué se gastó el dinero?, ¿quién lo autorizó?, ¿quién lo auditó?

   Años después, según los promoventes, la respuesta sigue sin llegar. Las cifras actuales solo agravan la desconfianza. De acuerdo con trabajadores sindicalizados, el padrón ronda los 3 mil agremiados, con un descuento mínimo de 35 pesos quincenales por concepto de cuota sindical. Esto representa más de un millón de pesos anuales, sin contar intereses derivados de préstamos otorgados por la dirigencia.La pregunta es inevitable: ¿dónde están los informes?, ¿dónde las auditorías?, ¿dónde la rendición de cuentas?

Un modelo agotado que se resiste a morir

   Especialistas en vida sindical coinciden: la permanencia indefinida corrompe. Sin alternancia no hay fiscalización, sin fiscalización no hay transparencia y sin transparencia el sindicato se transforma en un aparato cerrado, autorreferencial y patrimonialista.

   Para muchos trabajadores, Jervis García ya no es solo un dirigente cuestionado. Es el símbolo de un sindicalismo que confunde la organización colectiva con propiedad privada, que administra recursos ajenos como si fueran propios y que se aferra al cargo no para defender derechos, sino para conservar privilegios.

Cuando el sindicato deja de ser voz y se vuelve negocio

   El problema, insisten los burócratas, no es únicamente una persona, sino un sistema que normalizó el abuso, la opacidad y el silencio. Un sistema donde el dirigente se vuelve intocable y el trabajador, prescindible.

   Porque cuando un líder se vuelve eterno, el sindicato deja de ser defensa y se convierte en botín. Y cuando eso ocurre, el trabajador vuelve a quedar solo.

Este reportaje no cierra el tema. En próximas entregas se documentará la situación legal del charro sindical con el gobernador pachanguero Joaquín Díaz Mena, y las denuncias internas sobre la presunta venta de plazas al mejor postor, un señalamiento que, de confirmarse, exhibiría el rostro más crudo de un sindicalismo que se niega a rendir cuentas.

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