En la comisaría de Yaxcopoil, municipio de Umán, no llegó primero la información ni el diálogo. Llegó la maquinaria pesada.
El 16 de enero de 2026, habitantes denunciaron que, sin aviso previo, sin consulta comunitaria y presuntamente sin permisos, comenzó la tala de selva para habilitar un banco de materiales. Con cada árbol derribado no solo desapareció vegetación: también se alteró la tranquilidad de la comunidad, su entorno y su derecho a decidir sobre su territorio.
La reacción fue inmediata y colectiva. Mujeres, hombres, jóvenes y personas mayores se reunieron para dimensionar lo que estaba en riesgo: la selva, los cenotes, la fauna, la salud, las viviendas y la historia del lugar. Porque bajo la tierra —afirman— no solo hay piedra, sino vestigios del pasado. El hallazgo de un metate fracturado y fragmentos de origen maya reforzó esa preocupación.
Ante ello, la comunidad organizó guardias y comenzó a documentar lo ocurrido. El Instituto Nacional de Antropología e Historia confirmó posteriormente que no existía autorización para intervenir el sitio y que sí se había causado daño.
Sin embargo, señalan que hasta ahora ninguna autoridad o responsable ha comparecido públicamente ante los habitantes. “Solo drones, solo silencio”, describen. Mientras tanto, Yaxcopoil permanece en alerta.
Para la comunidad, defender el territorio no significa oponerse al desarrollo, sino proteger la vida y el patrimonio natural y cultural. Insisten en que la selva no es desmonte, los cenotes no son recursos desechables y la memoria histórica no puede negociarse.
Hoy, Yaxcopoil continúa en guardia. Porque —afirman— el territorio se defiende.


