La reciente designación de Joaquín “Huacho” Ocampo al frente del área de Comunicación Social ha generado múltiples lecturas dentro y fuera del ámbito político y mediático. Para algunos, su llegada representa una oportunidad para recomponer la deteriorada imagen pública del gobernador Joaquín “Huacho” Díaz Mena, mientras que otros interpretan el movimiento como un intento de control y reposicionamiento interno en el equipo de gobierno.
El relevo inesperado
La salida sorpresiva de Wendy Aguayo tomó por sorpresa a más de uno dentro del gabinete. Aunque oficialmente se manejó como una renuncia “por motivos personales”, entre los pasillos del poder se comenta que su lugar ya tenía dueño antes de anunciarse su salida. “Primero darían el nombramiento de Huacho Ocampo y luego la renuncia de Wendy”, señalan fuentes cercanas al gobierno estatal.
En los círculos políticos, la abuela malpensada —como la llama la calle— ya tiene su teoría: la decisión fue más política que técnica, y detrás del movimiento habría intereses de peso dentro del propio equipo de seguridad y comunicación del gobierno.
Del micrófono al escritorio del poder
Joaquín Ocampo no es un improvisado. Con una larga trayectoria en los medios, comenzó su carrera como vocero del entonces comandante Luis Felipe Saidén Ojeda en la extinta Secretaría de Protección y Vialidad (SPV), durante el gobierno de Víctor Cervera Pacheco. Su estilo discreto, su tono pausado y su habilidad para mantener la calma incluso en medio de crisis mediáticas le granjearon una reputación de operador confiable.
Además, fue pionero en el periodismo digital en Yucatán. Fundó uno de los primeros portales informativos del estado, Yucatán Diario, que posteriormente rebautizó como Yucatán Ahora, tras una disputa por el nombre con un diario local. Aunque se dice que más tarde vendió el medio, hay quienes aseguran que aún mantiene influencia en sus contenidos.
Un perfil flemático para calmar aguas turbulentas
Los colegas que conocen a Ocampo destacan su carácter flemático y su habilidad para mediar en ambientes donde las tensiones son constantes. “No se pelea con nadie y escucha a todos”, dicen quienes han trabajado con él. Ese temple será crucial para enfrentar el reto más evidente: mejorar la relación del gobierno con los medios de comunicación y contener el creciente descontento dentro del gremio, que reclama mayor apertura, transparencia y trato profesional.
En contraste, la figura del gobernador Huacho Díaz Mena enfrenta una crisis de percepción pública. Su estilo campechano, su gusto por la música y su presencia en eventos populares han sido vistos por una parte de la ciudadanía como falta de seriedad institucional. “Ser amable y cercano no es lo mismo que ser pueblerino”, expresan voces críticas que piden un cambio en la forma de proyectar la investidura gubernamental.
El desafío de transformar la imagen del gobierno
La misión de Ocampo no será sencilla: deberá reposicionar la comunicación gubernamental sobre bases de credibilidad, prudencia y estrategia. La tarea implica no sólo mejorar la narrativa institucional, sino también limar asperezas con medios y comunicadores que sienten haber sido marginados del acceso a información oficial.
En el fondo, su nombramiento parece llevar una consigna implícita: “dignificar la imagen del gobernador”. Le tocará a Ocampo definir si esa transformación pasa por un cambio de estilo o por una reconfiguración profunda del discurso político.
Mientras tanto, hay quienes advierten que el nuevo equipo debe tomar distancia de las fórmulas desgastadas del pasado. Las estrategias de comunicación heredadas de los tiempos de Ivonne Ortega —marcadas por el exceso de espectáculo y frivolidad— dejaron lecciones que el actual gobierno no puede repetir si quiere conservar la confianza ciudadana.
Un nuevo rumbo o más de lo mismo
El reto para Huacho Ocampo será demostrar que no llega sólo a “apagar incendios”, sino a construir una comunicación sólida, profesional y moderna. Si lo logra, podría no sólo mejorar la relación del gobierno con la prensa, sino también ayudar a Huacho Martín a proyectar una imagen más institucional, sobria y cercana a las expectativas ciudadanas.
De lo contrario, la historia podría repetirse: una administración atrapada entre el populismo de la sonrisa fácil y la falta de estrategia política, que termina —como ya le ocurrió a otros gobiernos— convertida en un desfile de errores mediáticos difíciles de reparar.


