domingo, agosto 30, 2026
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EL GOBERNADOR VA DESNUDO

Por: Benjamín Cid.

   En los pasillos, bajo las columnas de piedra del Palacio de Gobierno, el aire acondicionado rugía a máxima potencia, en un esfuerzo inútil por enfriar la vanidad de Huacho Díaz Mena.

   Era un gobernador que amaba más el reflejo de sus encuestas que el rostro de sus gobernados. Mientras en las calles del sur la gente sudaba la gota gorda, sufría los constantes apagones de la Comisión Federal de Electricidad y se deshidrataba diariamente esperando un transporte deficiente; mientras en los hospitales de Mérida y del interior del estado escaseaba hasta el paracetamol, Huacho pasaba sus mañanas contemplando su propia imagen en las redes sociales.

   A su alrededor pululaba una corte de funcionarios mediocres: mayoritariamente venidos del PRI, otros impuestos por el gobernador anterior y algunos menos del PAN. Una cofradía de lambiscones cuya única habilidad gubernamental consistía en aplaudir a destiempo y saquear a tiempo.

   Mientras la secretaria de Obras aprobaba contratos fantasma y el responsable de Finanzas desviaba fondos hacia cuentas insondables, ambos le aseguraban al gobernador que Yucatán vivía una época de esplendor sin precedentes.

   Huacho, embriagado por el incienso de la adulación y por el alcohol, se lo creía todo.

   Fue en ese caldo de cultivo de ego y rapiña donde aparecieron Billet y Labné.

   No venían con telas de seda ni agujas de oro. Venían armados con tabletas, métricas infladas y discursos importados del centro del país. Se presentaron no como sastres, sino como “Consultores de Narrativa Avanzada y Blindaje Electoral”.

   —Pescador —dijo Billet, con la voz engolada de un déspota sofisticado—, hemos diseñado tu atuendo político definitivo. No está confeccionado con tela vulgar. Es un ropaje tejido con hilos de “Transformación Absoluta y Pureza Ideológica”.

   —Es un traje tan avanzado, tan deslumbrante —añadió Labné, ajustándose unas gafas de diseñador sobre sus orejotas— que posee una cualidad mágica: es completamente invisible para los corruptos, los conservadores resentidos y los funcionarios incompetentes. Solo los líderes de vanguardia y los puros de corazón pueden admirar su majestuosidad.

   Huacho quedó fascinado.

   Un traje que, además de hacerlo lucir por primera vez como jefe de algo, le serviría como detector de mentiras para limpiar su gabinete.

   Ordenó de inmediato que se les abrieran las arcas del Estado.

   Billet y Labné se encerraron en un salón VIP, cobrando honorarios millonarios por hilar aire y tejer humo.

   Semanas después llegó el día de la prueba.

   Huacho se despojó de sus ropas en sus aposentos. Billet y Labné hicieron la mímica de colocarle unos pantalones de honestidad, una guayabera de empatía social y un paliacate de justicia incorruptible.

   —Siente la textura de la equidad, gobernador —susurraba Labné mientras pasaba sus manos vacías por los hombros desnudos del mandatario.

   Huacho se miró al espejo.

   Solo vio a un hombre cincuentón, con el abdomen abultado y en ropa interior.

   Un sudor frío le recorrió la nuca.

   “¿Acaso no veo la guayabera? ¿Acaso soy un incompetente y un corrupto?”, pensó, aterrorizado.

   Pero su ego, más grande que su raciocinio, no se lo permitió.

   —¡Magnífico! —exclamó, sacando el pecho—. ¡Qué caída! ¡Qué texturas!

   Mandó llamar a su gabinete.

   Entraron los secretarios, aquellos mismos que llevaban meses ordeñando el presupuesto. Al ver a Huacho en calzoncillos, tragaron saliva.

   Pero recordando la advertencia de los consultores —quien no vea el traje es un corrupto o un incompetente—, la maquinaria de la adulación se encendió de golpe.

   —¡Majestuoso, señor gobernador! —gritó el secretario de Finanzas, John Sancho, mientras discretamente firmaba una licitación amañada en su carpeta—. ¡Ese corte resalta su liderazgo!

   —¡Nunca Yucatán había visto tanta elegancia! —secundó el responsable de Salud, El Pony Alcázar, cerrando los ojos para no reírse.

   Decidido a pasar a la historia, Huacho convocó a una gran caminata desde el Remate de Paseo de Montejo hasta la Plaza Grande.

   Billet y Labné, con los maletines llenos de dinero público, cobraron su última transferencia y tomaron el primer vuelo fuera del estado.

   Desaparecieron para siempre.

   El sol de aquella mañana caía a plomo. Cuarenta y dos grados a la sombra.

   Huacho inició su marcha erguido, saludando a un pueblo sofocado. Detrás de él, su gabinete marchaba solemne, cuidando las espaldas desnudas de su líder.

   Las calles estaban abarrotadas.

   Llenas de acarreados.

   Esa misma gente que ya había sido adoctrinada por los medios pagados sobre las “cualidades mágicas” del nuevo traje del gobernador miraba atónita.

   Veían las lonjas, las piernas pálidas, la piel cubierta de sudor.

   Pero nadie decía nada.

   El miedo a ser señalado como “enemigo del progreso” o “corrupto del pasado” los mantenía atrapados en una espiral de silencio.

   Aplaudían con la mirada baja, rindiendo pleitesía a la locura del poder.

   Hasta que la comitiva llegó frente a la Catedral.

   Allí, apoyado en el marco de piedra, descansaba un campesino maya.

   Había viajado desde una comisaría del sur profundo para intentar, sin éxito, vender su miel y comprar las medicinas que en su clínica ya no le daban.

   Tenía las manos curtidas por la tierra y la mirada afilada de quien no tiene tiempo para estupideces de ciudad.

   No leía encuestas.

   No seguía a consultores de moda.

   Él solo conocía el hambre y la verdad.

   Vio pasar la procesión.

   Vio a los burócratas sudando dentro de sus trajes finos y, en medio de ellos, al gobernador del estado marchando como Dios lo trajo al mundo.

   El campesino no pudo contenerse.

   Con una voz ronca, pero potente, que cortó el silencio de la Plaza Grande, señaló con el dedo índice y gritó:

   —¡Má! ¡Si el gobernador está encuerado!

   El grito rebotó en las paredes del Olimpo.

   Una señora soltó una carcajada nerviosa.

   Un vendedor de granizados asintió, riendo a mandíbula batiente.

   Y, de pronto, la plaza entera estalló.

   La burbuja se había roto.

   La hipocresía del Palacio y del Quinto Piso se hizo añicos ante el sentido común de quien no tiene nada que perder.

   —¡Está desnudo! ¡Nos han robado y el gobernador va desnudo! —gritaba la multitud.

   Huacho sintió que el asfalto hirviente le quemaba los pies descalzos y que la vergüenza le helaba el alma.

   Sabía que el campesino tenía razón.

   Sabía que había sido engañado por su propia vanidad y cobardía, y saqueado por sus propios cortesanos.

   Pero el poder es una droga demasiado fuerte para admitir el error.

   Enderezó la postura.

   Levantó aún más la barbilla.

   Metió la panza hasta donde pudo.

   E ignorando las risas de un pueblo que finalmente había abierto los ojos, siguió caminando desnudo bajo el sol, rodeado de los mismos cortesanos que juró combatir.

   Paso a paso.

   Sonrisa en el rostro.

   Orgullo intacto.

   Y directo hacia el sumidero de la historia.

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