Por: Santiago Cid.
El título de este artículo debió incluir “O de cómo la mafia del viejo régimen secuestró a Morena en Yucatán: Limpios y puritanos en el discurso, pero podridos de corrupción por dentro”. Me explico:
“No mentir, no robar y no traicionar al pueblo.” Con esas palabras como evangelio político, miles de ciudadanos yucatecos —hombres y mujeres de buena fe, caminantes de sol a sol, gente cansada de décadas de abusos— salieron a las calles a construir un movimiento. Les dijeron “No somos iguales”, les prometieron que “Por el bien de todos, primero los pobres” y les hicieron creer que por fin había llegado la hora de desterrar a los saqueadores de siempre.
Hoy, al mirar quiénes despachan en las oficinas de gobierno, quiénes cobran en las curules y quiénes se reparten los contratos multimillonarios en Yucatán, la conclusión es tan dolorosa como innegable: todo fue una monumental estafa política. La militancia fundadora puso el sudor, los votos y la esperanza; pero la mafia de siempre puso el dinero sucio, se quedó con el poder y hoy le escupe en la cara a las bases.

¿Qué le pasó a Morena en Yucatán? Le pasó que la ingenuidad, la falta de malicia política y la sumisión de su militancia abrieron de par en par las puertas a los mercenarios.
Al ver que sus viejos partidos se hundían en el desprestigio, una parvada de políticos resentidos, caciques municipales, exfuncionarios del PRI, del PAN y del PRD señalados por corrupción, crímenes administrativos y extorsión, corrieron a refugiarse bajo el manto guinda. No llegaron a Morena por convicción ideológica; llegaron buscando un “bautizo de impunidad”. Usaron a Morena como una lavandería política para purificar sus fortunas mal habidas, esconder sus expedientes abiertos y seguir sangrando al erario, ahora protegidos por la marca del partido en el poder.
Los números en Yucatán no mienten y deberían hacer hervir la sangre de cualquier morenista auténtico:
En el Gobierno del Estado, mientras Huacho Díaz Mena —de origen panista— funge como figura decorativa, el verdadero poder lo ejerce un Gobierno Paralelo integrado por la crema y nata del viejo priismo más rancio, asociados con los mismos barones del dinero hoy constituido en un clan.

En el Senado y la Cámara de Diputados Federal, las posiciones se entregaron como botín a figuras del viejo sistema y ahora pretenden coronar el insulto imponiendo en Mérida a Liborio Vidal Aguilar, el símbolo viviente del chapulineo entre el PRI y el PAN, con auditorías abiertas.
En el Congreso del Estado, las curules que debían ser para los luchadores sociales fueron acaparadas por reciclados del PRD y cuotas directas de los operadores priistas en el poder.
Y en las alcaldías de todo Yucatán, más del 75% de los presidentes municipales que hoy gobiernan bajo las siglas de Morena y el Verde son los mismos exalcaldes y caciques del PRI y del PAN que durante años saquearon sus pueblos, dejaron obras inconclusas y amasaron fortunas inexplicables.
Seamos brutalmente honestos: la militancia de Morena en Yucatán fue utilizada y luego desechada.
Por falta de colmillo político, por carecer de sentido práctico y por el viejo vicio de esperar a “ser guiados” como rebaño en lugar de asumir el papel de protagonistas, los verdaderos morenistas permitieron que les robaran su propia casa. Mientras la base pegaba calcomanías y defendía casillas gratis, los recién llegados compraban las candidaturas con el dinero que le habían robado al pueblo en los gobiernos anteriores.

El peligro para Yucatán y para Mérida ya no es solo electoral; es de supervivencia institucional. Esta casta de parásitos no tiene lealtad con Morena ni con la ciudadanía. Están usando la marca guinda para saquear el presupuesto con facturas falsas, para extorsionar desde las dependencias y para vaciar las arcas estatales. Ellos se llevan los millones a sus cuentas privadas, pero el costo político, el repudio social y la vergüenza histórica se la están cargando a Morena.
Cuando terminen de desangrar a Yucatán y dejen al estado en una profunda descomposición financiera, social y política, estos chapulines simplemente volverán a brincar de barco, dejando a la militancia hundida entre los escombros.
¿Despertará Morena?
La lealtad ciega a los traidores no es disciplina partidista, es cobardía y complicidad. “Con el pueblo todo, sin el pueblo nada”, decían en campaña; pues hoy gobiernan sin el pueblo y contra su propia militancia.
Ha llegado el momento de que las bases dejen de agachar la cabeza, dejen de aplaudir imposiciones y castiguen con dureza a la corrupción interna que secuestró a su movimiento.
Si los verdaderos militantes no se rebelan hoy para expulsar a los mercenarios, a los factureros y al “Gobierno Paralelo” que se adueñó de su partido, mañana no podrán quejarse cuando la historia los juzgue no como los autores de una transformación, sino como los tontos útiles que le sostuvieron la escalera a los peores saqueadores de Yucatán.
Santiago Cid.

