Por: Santiago Cid.
San Agustín y Santo Tomás de Aquino advirtieron hace siglos que la paz no es la simple ausencia de guerra, sino la obra de la justicia, y como bien sentenció Edmund Burke en una frase inmortal: “Lo único que se necesita para que el mal triunfe es que los hombres buenos no hagan nada“. Hoy, la tragedia de Haití y la decisiva intervención de El Salvador —junto con fuerzas de Estados Unidos y naciones aliadas tras el secuestro de sus soldados— desnudan una verdad que la hipocresía diplomática se niega a aceptar: no toda guerra es para el mal; a veces, la fuerza legítima es el único camino moral para rescatar a un pueblo secuestrado por el terror.
Durante años, Haití fue abandonado a una carnicería humana bajo el pretexto cobarde de la “no intervención y la libre autodeterminación de los pueblos”. ¿De qué autodeterminación puede hablar una nación desarmada cuando el Estado ha fallado o se ha coludido con pandillas y mafias que violan, secuestran y masacran inocentes a plena luz del día? Tuvieron que secuestrar y agredir a militares salvadoreños para que finalmente se activara una respuesta de fuerza real, encabezada por un El Salvador que ya demostró en su propio suelo que al crimen organizado no se le derrota con discursos, sino con toda la autoridad del Estado. Esa intervención representa hoy la única luz de esperanza para devolverle el orden y la vida a los haitianos.
Lo que ocurre en Haití es el espejo extremo de un cáncer que recorre la historia —desde las sangrientas dictaduras africanas hasta los regímenes autoritarios de nuestra América—: el Terrorismo de Estado y el dominio del terror criminal.

Hoy ese terror ya no solo se impone mediante golpes militares. Los tiranos modernos llegan al poder usando la democracia para luego destruirla por dentro. Instauran el terror entregando territorios al narcotráfico y a las bandas armadas, o bien ejerciendo una violencia estatal sofisticada y silenciosa: la aniquilación civil, económica y política de las personas. Usando el terrorismo fiscal, el bloqueo de cuentas, la extorsión institucional y tribunales comprados, el régimen advierte primero y destruye después a cualquier líder social, empresario o ciudadano que se atreva a alzar la voz.
Desde la comodidad de los países desarrollados, muchos observadores se preguntan con soberbia por qué los pueblos sometidos a estas tiranías o narco-Estados no salen por millones a las calles a derrocar a sus verdugos, llegando a tildarlos de apáticos, flojos o conformistas. ¡Qué ceguera tan indolente! La gente no calla por comodidad; calla porque está intentando sobrevivir. Cuando un gobierno y sus aliados criminales tienen el monopolio de las armas, de las cárceles y de tu sustento económico, protestar significa firmar tu sentencia de muerte física, la desaparición de tus hijos o la ruina absoluta de tu patrimonio. Es ingeniería psicológica del miedo puro.
Aquí es donde Estados Unidos debe recibir una sacudida histórica en su conciencia. Una nación fundada sobre principios judeocristianos de libertad, democracia, bien común y defensa del inocente no puede seguir traicionando su propia fe y su responsabilidad moral en el continente americano.

Por intereses económicos o cálculos geopolíticos de corto plazo, Washington ha tolerado durante décadas que a su alrededor se consoliden gobiernos corruptos que destruyen la democracia y pactan con el narcotráfico. Estados Unidos finge no ver cómo el terror criminal y la corrupción oficial masacran a miles de ciudadanos inocentes e incluso asesinan a sus propios ciudadanos norteamericanos, dejando crecer al monstruo hasta que la crisis humanitaria y de seguridad les estalla en la cara.
La lección que hoy escriben la sangre de Haití y la firmeza de El Salvador debe resonar con fuerza en cada rincón de nuestro continente: todo gobierno que elimina los contrapesos, que destruye la rendición de cuentas y que asfixia la libertad personal y comercial es el preludio inevitable de una tiranía.
Sin tribunales independientes, sin rendición de cuentas, sin auditorías reales y sin respeto a la propiedad y a la vida, el Estado se pudre a mediano y largo plazo, convirtiéndose en una máquina de descomposición social que cobra miles o millones de vidas inocentes. Cuando un pueblo cae en las garras del terror político y criminal, mirar hacia otro lado no es neutralidad: es complicidad con los asesinos.
Santiago Cid.

